Poiesis

Medellín, 15/08/17

El asfalto lame con ferocidad mis pasos,
me pierdo entre los rostros líquidos,
entre la danza caótica de los transeúntes.

Me extravío en el camino que ebria y rota ya he recorrido,
no hay rutas que conduzcan al interior de la grieta,
al fondo del hastío.

Un cuerpo se entrega al azar
y al tumulto undívago de otros cuerpos;
en una esquina se corta el viento.

 

Poiesis

Fragmento de Diálogo en el Jardín de Palacio

“[…]¡Ah, y cuando me veo de espaldas en los espejos que me reflejan, andando, o me veo de lado, me lleno del terror de mi misterio! me siento coexistir conmigo (misma) de un modo horroroso. Ando atada a un sueño mío que soy yo. Cuando me veo de espaldas, en los espejos, me parece que tengo otro ser, que soy otra cosa. Me extraño por fuera…qué horror que no podamos ver nuestro cuerpo más que un lado cada vez. ¿Qué pasará en el lado que no estamos viendo cuando no lo estamos viendo? (…) ¿te has fijado en que no podemos ver más que dos lados del palacio al mismo tiempo? ¿Que dios se estará poniendo siempre por el lado donde no podemos mirar? ¡Si supieras cómo toda mi vida no hago más que pensar en ésto![…]”

Fernando Pessoa

Poiesis

Elegía A Ramón Sijé

(En Orihuela, su pueblo y el mío, se me
ha muerto como el rayo, Ramón Sijé,
a quien tanto quería.)

Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma tan temprano.

Alimentando lluvias, caracolas,
y órganos mi dolor sin instrumentos,
a las desalentadas amapolas

daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler, me duele hasta el aliento.

Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.

No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.

Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo voy
de mi corazón a mis asuntos.

Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano está rodando por el suelo.

No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.

En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes,
sedienta de catástrofes y hambrienta.

Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte a parte
a dentelladas secas y calientes.

Quiero mirar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.

Volverás a mi huerto y a mi higuera,
por los altos andamios de las flores
pajareará tu alma colmenera

de angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.

Alegrarás la sombra de mis cejas
y tu sangre se irá a cada lado,
disputando tu novia y las abejas.

Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas,
mi avariciosa voz de enamorado.

A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.
Miguel Hernández
Poiesis

De las luces de la ciudad o un poeta sin sombrero

La ciudad dibuja puntos de luz que tiritan de frío en las pestañas:
digo luz, porque conozco el fundirse del miedo sin vestidura sobre la piel agrietada de una mujer que nombra puerto a un basurero hurgado por mendigos hambrientos.
Digo frío, porque un mago sacó del sombrero un pan y un poema:
ahora la poesía es una perra ávida hurgando en las vísceras de falsos profetas.
Digo frío, porque no sé hacer de la luz poesía, ni de esta ciudad un trozo de carne colgando en mi cuello.
La ciudad, la luz, el frío, las pestañas, la mujer, el hambre; y el hambre en las pestañas del frío en la ciudad; y la luz en el pan y la poesía en las vísceras; y los vates ladrones robándose el pan de los hambrientos.
No sé delirar sin nombrar dolor a estas calles que se clavan en los huesos.
No sé nombrar el dolor sin apartar la soga del cuello, mientras una puta me clava su nombre.

A esta giramundo le sobran las putas de sonrisa corta y los poetas.
Esta ciudad, con la podredumbre en sus calles y la infertilidad en sus luces, viene a instalarse en las llagas de un tiempo que olvidó dar agua al pez y al poeta un sombrero.

Daniela Escobar