Invitados especiales

Diálogo entre Antonius Block y La Muerte (El Séptimo Sello; Ingmar Bergman)

— Quiero confesarme y no sé qué decir. Mi corazón está vacío. El vacío es como un espejo puesto delante de mi rostro. Me veo a mí mismo y, al contemplarlo, siento un profundo desprecio de mi ser. Por mi indiferencia hacia los hombres y las cosas me he alejado de la sociedad en que viví. Ahora habito un mundo de fantasmas. Prisionero de fantasías y ensueños.
— Y, a pesar de todo, no quieres morir.
— Sí, quiero.
— Entonces, ¿qué esperas?
— Deseo saber qué hay después.
— Buscas garantías.
— Llámalo como quieras. ¿Por qué la cruel imposibilidad de alcanzar a Dios con nuestros sentidos? ¿Por qué se nos esconde en una oscura nebulosa de promesas que no hemos oído y milagros que no hemos visto? Si desconfiamos una y otra vez de nosotros mismos, ¿cómo vamos a fiarnos de los creyentes? ¿Qué va a ser de nosotros, los que queremos creer y no podemos? ¿Por qué no logro matar a Dios en mí? ¿Por qué sigue habitando en mi ser? ¿Por qué me acompaña humilde y sufrido, a pesar de mis maldiciones que pretenden eliminarlo de mi corazón? ¿Por qué sigue siendo a pesar de todo una realidad, que se burla de mí y de la que no me puedo liberar? ¿Me oyes?
— Te oigo.
— Yo quiero entender, no creer. No debemos afirmar lo que no se logra demostrar. Quiero que Dios me tienda su mano, vuelva su rostro hacia mi y me hable.
— Pero continúa en silencio.
— Clamo a él en las tinieblas y desde las tinieblas nadie contesta a mis clamores.
— Tal vez no haya nadie.
— Pero entonces la vida perdería su sentido. Nadie puede vivir mirando a la muerte y sabiendo que camina hacia la nada.
— La mayoría de los hombres no piensan en la muerte ni en la nada.
— Pero un día, llegan al borde de la vida y tienen que enfrentarse a las tinieblas.
— Sí. Y cuando llegan…
— Calla. Sé lo que vas a decir. Que el miedo nos hace crear una imagen salvadora. Y esa imagen es lo que llamamos Dios.
— Te estás preocupando.

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Poiesis

Medellín, 15/08/17

El asfalto lame con ferocidad mis pasos,
me pierdo entre los rostros líquidos,
entre la danza caótica de los transeúntes.

Me extravío en el camino que ebria y rota ya he recorrido,
no hay rutas que conduzcan al interior de la grieta,
al fondo del hastío.

Un cuerpo se entrega al azar
y al tumulto undívago de otros cuerpos;
en una esquina se corta el viento.

 

Ejercicios Comunicación Audiovisual y Multimedial, UdeA

Carta de Despedida

(Corrección final del texto)

Apenas la luz lograba atravesar los pequeños resquicios de esa casa vieja, construida de historias y madera. Como era de costumbre, a tempranas horas de la mañana, la casa saludaba al sol con un resquebrajoso sonido de la madera dilatándose, expandiéndose y contrayéndose. Adentro, alguien llevaba mi rostro como máscara de bufón anacrónico. Y ahí estaba, ahí la mano indecisa y tímida, como si se negara ante la seducción de los anhelados sobres que se escurrían cada tanto bajo la puerta. El silencio empezaba a menguar bajo la danza floral del árbol de Guayacán que enmarcaba el muro del patio trasero, la vida se esparcía como polen.

–¿Qué tengo yo del exterior más que una carta de alguien a quien no conozco?, ah, cuánta brecha entre ese sol y este rostro; entre este rostro y yo.– Ella, la de la máscara, hablaba para sí con tono melancólico y una leve sonrisa desdeñosa, al tiempo que recogía el sobre. El sudor de sus manos empezaba a humedecer el papel, por lo que resolvió ponerlo sobre la mesa de noche.

Tras la muerte de su esposo, hace más de dos décadas, la mujer decidió confinarse en su casa, lejos de todo contacto humano. Entre esas horizontales tablas, empezaba a sentir la ausencia de sus más íntimas pasiones; le era cada vez más ajeno aquello que alguna vez le movía con pasión su ser. Ahora, sólo tenía una realidad construida a trazos en un papel, escritos quizá por alguien que no existe. Alguien que, ante sus ojos, trascendía el género y la forma. Cada mañana, cual disciplina matutina, esperaba ansiosa que un nuevo sobre apareciera para irrumpir su soledad y su silencio. Así transcurrían sus días que, entre la nostalgia y el placer de sentirse íntimamente consigo misma, tomaban un sabor agrio que disfrutaba, al tiempo que repudiaba.

El sobre, estático sobre la mesita de noche, esperaba para conectar el día con el sol que se hinca afuera sobre los árboles y las cabezas. Aquí, una mano dubitativa. Afuera, en la misma fracción de segundo, un bebé entrega su primer llanto al mundo, una anciana entierra a su hijo muerto en la guerra, un carro se detiene ante un semáforo en rojo, un hombre besa las manos de su amante, un perro se lame las patas, una mujer escribe poemas, un león decide comer la carne de una gacela, un cuerpo flota inerte en la superficie de una piscina. Tanta acción allá, y aquí una mujer con escaso parpadeo.

Como quien se engalana para presentarse ante una cita, la mujer se vistió de traje blanco, se recogió la rizada cabellera y se dispuso a rasgar el sobre. Su máscara se tornaba cada vez más flácida, más holgada. Los heraldos negros le adornaban las sienes.

–¿Que la vida se esparce como polen? ¿La vida se esparce como…?– Murmuraba en tono irónico.

En el interior del sobre se encontraba un papel plegado en tres. Además, un objeto circular y dorado dejaba entrever su brillo. Al abrir los pliegues, una nota se centra en la mitad de la hoja:

“Querida mía,

Adorna tus dedos finos con este anillo, ¿recuerdas haberlo llevado puesto en tus años de juventud, junto a tu ya lejano amante? Vuelve a sentir que estás anclada a la vida.

Deseo, como fin último, que hoy me concibas como alguien tuyo, como fuego que se enciende en ti. No habrá más cartas, no más sobres bajo la puerta. He jugado a ser alguien, pero ¿quién soy yo sin tu febril deseo de no morir sola? ¿Quién soy yo, por fuera de tus juegos ridículos de ser alguien más, de ser una y mil otras?

En cada carta he desnudando ante ti mi alma y mi entrañable esencia, pero hoy he decidido revelarte mi identidad, aunque no sea más que la representación de algo que ya has concebido de manera más pura, con el alma y no con los ojos. Dale la vuelta a la hoja, y hasta siempre:…”

El sudor le bañaba la rizada cabellera, los ojos crispados ante la sorpresa de lo inesperado, la boca semi abierta dejaba escapar un leve sollozo, su piel se tornó nácar: el rostro dibujado en el papel con cabello rizado, boca semi abierta y ojos crispados, era su mismísimo rostro, su mismísima expresión. El anillo brillaba como fuego.

Poiesis

Fragmento de Diálogo en el Jardín de Palacio

“[…]¡Ah, y cuando me veo de espaldas en los espejos que me reflejan, andando, o me veo de lado, me lleno del terror de mi misterio! me siento coexistir conmigo (misma) de un modo horroroso. Ando atada a un sueño mío que soy yo. Cuando me veo de espaldas, en los espejos, me parece que tengo otro ser, que soy otra cosa. Me extraño por fuera…qué horror que no podamos ver nuestro cuerpo más que un lado cada vez. ¿Qué pasará en el lado que no estamos viendo cuando no lo estamos viendo? (…) ¿te has fijado en que no podemos ver más que dos lados del palacio al mismo tiempo? ¿Que dios se estará poniendo siempre por el lado donde no podemos mirar? ¡Si supieras cómo toda mi vida no hago más que pensar en ésto![…]”

Fernando Pessoa

Poiesis

Elegía A Ramón Sijé

(En Orihuela, su pueblo y el mío, se me
ha muerto como el rayo, Ramón Sijé,
a quien tanto quería.)

Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma tan temprano.

Alimentando lluvias, caracolas,
y órganos mi dolor sin instrumentos,
a las desalentadas amapolas

daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler, me duele hasta el aliento.

Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.

No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.

Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo voy
de mi corazón a mis asuntos.

Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano está rodando por el suelo.

No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.

En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes,
sedienta de catástrofes y hambrienta.

Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte a parte
a dentelladas secas y calientes.

Quiero mirar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.

Volverás a mi huerto y a mi higuera,
por los altos andamios de las flores
pajareará tu alma colmenera

de angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.

Alegrarás la sombra de mis cejas
y tu sangre se irá a cada lado,
disputando tu novia y las abejas.

Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas,
mi avariciosa voz de enamorado.

A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.
Miguel Hernández
Poiesis

De las luces de la ciudad o un poeta sin sombrero

La ciudad dibuja puntos de luz que tiritan de frío en las pestañas:
digo luz, porque conozco el fundirse del miedo sin vestidura sobre la piel agrietada de una mujer que nombra puerto a un basurero hurgado por mendigos hambrientos.
Digo frío, porque un mago sacó del sombrero un pan y un poema:
ahora la poesía es una perra ávida hurgando en las vísceras de falsos profetas.
Digo frío, porque no sé hacer de la luz poesía, ni de esta ciudad un trozo de carne colgando en mi cuello.
La ciudad, la luz, el frío, las pestañas, la mujer, el hambre; y el hambre en las pestañas del frío en la ciudad; y la luz en el pan y la poesía en las vísceras; y los vates ladrones robándose el pan de los hambrientos.
No sé delirar sin nombrar dolor a estas calles que se clavan en los huesos.
No sé nombrar el dolor sin apartar la soga del cuello, mientras una puta me clava su nombre.

A esta giramundo le sobran las putas de sonrisa corta y los poetas.
Esta ciudad, con la podredumbre en sus calles y la infertilidad en sus luces, viene a instalarse en las llagas de un tiempo que olvidó dar agua al pez y al poeta un sombrero.

Daniela Escobar